El encuentro entre Saint Hillaire y Siti

Biografias

Durante el período en que la Corona portuguesa permaneció en Río de Janeiro, entre 1808 y 1821, numerosos intelectuales, artistas y naturalistas europeos, sobre todo franceses, recorrieron el extenso territorio brasileño. La exuberancia de las selvas, la enormidad del territorio y la originalidad de los rasgos culturales de su población, casi desconocidos por los propios portugueses, comenzaron a ser divulgados a partir de múltiples artículos y libros. El colorido de un país tropical marcado por todo tipo de mestizajes reflejado en esos escritos creó en el imaginario occidental una concepción del Brasil como paradigma del exotismo.

Entre los numerosos viajeros, uno de los más destacados fue el naturalista francés Auguste de Saint Hillaire, quien, entusiasmado por la influencia de Aimé Bonpland acerca de las posibilidades de los estudios botánicos en América del Sur, se embarcó rumbo a Río de Janeiro en 1816. Desde allí inició un extenso periplo de aproximadamente 9.000 kilómetros que lo llevó durante seis años al Brasil profundo, recorriendo Minas Gerais, Goiás, Sao Paulo, Santa Catarina, Rio Grande do Sul, y, finalmente, la Banda Oriental, por entonces bajo dominación portuguesa con el nombre de Provincia Cisplatina. Su descripción, minuciosa y profunda, siempre atenta a las características sociales de los lugares por los que pasaba, es importante para conocer el contexto de frontera justo después de terminadas las guerras artiguistas.

Tras visitar Porto Alegre, Maldonado y Montevideo en su viaje siguiendo la línea del Atlántico, a principios de 1821 Saint Hillaire siguió su itinerario bordeando el río Uruguay con el objetivo de conocer las antiguas Misiones Jesuíticas. En su descripción se encuentran detalles sobre la presencia de guaraníes y mestizos en los campos riograndenses, algunos de ellos como mano de obra forzada en su carácter de prisioneros de guerra, e incluso se revela la existencia de comunidades enteras que trataban de reconstruir sus pautas culturales tradicionales, como la que encabezaba por Domingo Manduré.

Dejando atrás los campos de las antiguas estancias jesuíticas, muchas de ellas convertidas ya por entonces en haciendas de diversos terratenientes portugueses, entre ellos el propio Francisco das Chagas Santos, Saint Hillaire visitó los pueblos de las Misiones Orientales. Estando en San Miguel, aprovechó la ocasión para encontrarse con el ex Comandante General de Misiones, Francisco Javier Siti.

Siti había abandonado en 1820 las filas de Artigas y se embanderó detrás del nuevo caudillo dominante del Litoral, Francisco “Pancho” Ramírez, quien rápidamente convirtió la hegemonía entrerriana en la creación de un nuevo Estado: la República de Entre Ríos. Paradójicamente, este nuevo distrito adoptó internamente una organización centralizada, en la que perdían su condición de Provincias tanto Corrientes como Misiones, que pasaron a ser simples departamentos, al igual que Paraná y Concepción del Uruguay. Por ello, no es de sorprender que la alianza entre Siti y Ramírez pronto entrara en tensión. Enfrentados militarmente, las fuerzas entrerrianas atacaron a Siti, quien debió abandonar Santo Tomé rumbo a territorios dominados por los portugueses bajo un intenso fuego enemigo en la denominada Batalla del Paso de San Borja (13 de diciembre de 1820).

Francisco das Chagas Santos lo recibió en sus dominios, y, de hecho, su auxilio fue fundamental para que parte de las fuerzas guaraníes sobrevivieran al paso del Uruguay. En sus escritos, Saint Hillaire refiere que los misioneros fueron repartidos en diferentes zonas de Río Grande do Sul, muchos de ellos convertidos en peones rurales. Siti conservó su grado militar e incluso se le permitió seguir el mando de parte de sus tropas. Su residencia se fijó en San Miguel, en donde recibió la visita del viajero francés en marzo de 1821.

Saint Hillaire esboza una imagen en general negativa de los guaraníes, caracterizándolos como apáticos e incapaces de pensar en el futuro, manifestándose sorprendido por los logros de los jesuitas, doblemente meritorios según él debido a la “imbecilidad” (sic!) de  los indígenas. La consideración hacia Siti no es mucho mejor: quiere conocerlo, básicamente, porque se trata de un personaje político importante, pero lo acusa de haber robado los ornamentos de los pueblos con el fin de ir vendiéndolos gradualmente para comprar aguardiente. Más allá del sesgo valorativo predominante en sus escritos, proporciona importantes datos.  Entre ellos, una interesante descripción física de Siti: “Encontré a un hombre de unos cuarenta años, de aspecto insignificante y estatura mediana. Su piel blanca y rosada podría hacerlo pasar por blanco, si el cuello corto, la dureza de los cabellos y la extensión de los hombros no demostraran claramente su origen mestizo; vestía, cuando lo visité, un mal uniforme rojo; usaba una camisa muy sucia y un lienzo azul en torno de la cabeza; varios gauchos, que parecían bandidos de melodrama, estaban sentados en bancos. En medio del cuarto, una gran valija inglesa; tres o cuatro relojes estaban expuestos sobre una mesa y se veían en un estante varios utensilios. Siti permaneció de pie durante todo el tiempo que duró mi visita, y ni siquiera me invitó a sentarme, aunque creo que actuó así más por falta de costumbre que por arrogancia”.

En base a esa descripción, en 1992 Jorge Francisco Machón le encargó a Hugo Viera la confección de un retrato de Francisco Javier Siti destinado a ilustrar su obra “Misiones después de Andresito”. Muchos años después, el historiador donó la pieza al Museo Regional Aníbal Cambas, donde tras finalizarse la restauración que se está llevando adelante actualmente, podrá ser contemplada en una sala específica referida a la etapa postjesuitica. Así como sucede con las Meninas de Diego Velazquez, a través de la que se tiene la ilusión de ingresar en la cotidianeidad de una habitación del palacio de Felipe IV, podemos imaginarnos frente a este cuadro por un momento visitando nosotros también a Siti en una casa jesuítica de San Miguel. El espectador se sitúa justo en la posición en que estaría Saint Hillaire, también de pie como se vio obligado a permanecer el viajero frente al desconfiado caudillo.

Por Mgtr. Oscar Daniel Cantero, especial para MTH.