Francisco Javier Siti, Comandante electo de Misiones

Andresito

Salvo algunas pocas referencias en obras antiguas de Hernán Gómez o Mario Herrera, poco era lo que se sabía de los comandantes guaraníes que sucedieron a Andrés Artigas hasta la publicación en 1994 de “Misiones después de Andresito”, de Jorge Francisco Machón. El libro se convirtió rápidamente en un clásico que tuvo varias reediciones a lo largo de los años y es hoy una de las obras más influyentes de la historiografía misionera reciente. En dicha obra, además de dar a conocer el accionar de Pantaleón Sotelo como Comandante General y sucesor de Andresito tras su apresamiento, se dedican numerosas páginas al tercer comandante general de Misiones, Francisco Javier Siti.

En el desastre de Tacuarembó (22 de enero de 1820) el artiguismo perdió de manera definitiva la Banda Oriental y las bajas se elevaron al número de 800 soldados, la mayoría guaraníes. Entre ellos se incluía el mismo Comandante General de Misiones Pantaleón Sotelo. Las dispersas tropas misioneras cruzaron el río Uruguay e iniciaron una nueva concentración. De hecho, la falta de una dirección unificada previsiblemente produjo un aumento de los saqueos en zonas fronterizas, y aumentó la tensión, una vez más, entre criollos y guaraníes en el Litoral.

En los primeros días de marzo de 1820, el gobierno de Misiones pasó a manos de un nuevo Comandante General, Francisco Javier Siti. Este dato se comprueba a través de una carta enviada por el propio Siti al Cabildo de Corrientes el 5 de marzo: “Por el voto común de las tropas de la Provincia, fui aclamado Comandante General de ella y confirmado por el Muy Ilustre Cabildo con la anuencia del excelentísimo Señor General don José Artigas, Jefe de los Orientales y Protector de los Pueblos Libres.”

Pese a seguir respetando y reconociendo la autoridad de José Artigas en su carácter de Protector de los Pueblos Libres, se había operado un cambio fundamental: Siti no fue designado Comandante General por el caudillo oriental, sino que fue “aclamado” por las tropas. Es decir, por primera vez se dio una elección por parte de la población misionera, o por lo menos, de soldados y comandantes, la cual fue luego confirmada por Artigas, quien, de hecho, ante las derrotas frente a los portugueses y el creciente enfriamiento de sus relaciones con Ramírez, no podía darse el lujo de perder un aliado que podía ser clave. Por otro lado, el acto de elección representa a en sí mismo una profundización de la democracia directa impulsada por el artiguismo, la escandalosa “anarquía” que tan denodadamente buscaban evitar sus detractores.

Los Comandantes Generales Andrés Artigas y Pantaleón Sotelo no pertenecían a la elite tradicional misionera. Eran guaraníes que habían escapado y se incorporaron al entorno de Artigas a través del Cuerpo de Blandengues. Francisco Javier Siti, en cambio, sí pertenecía a los tradicionales cacicazgos. De hecho, él mismo ocupó cargos como Cabildante. Se tiene constancia, por ejemplo, de que en 1800 fue Regidor Tercero en Santo Tomé. Esta pertenencia a la elite más su destacado desempeño en la campaña de Santa Fe en 1818 lo convirtieron en uno de los principales dirigentes misioneros  a principios de 1820, y explican su elección.

Pese a que el encumbramiento de Siti podría considerarse como un fortalecimiento del principio de libre determinación de los pueblos, en realidad el nuevo comandante no logró construir una hegemonía tan sólida como sus predecesores. Esto posiblemente responda a causas externas: Guacurari y Sotelo sostenían su poder en gran medida en el apoyo de José Artigas. Pero tras Tacuarembó, la influencia del Jefe de los Orientales comenzó a desmoronarse por la derrota sufrida, pero también por la defección de importantes aliados, como Francisco Ramírez y Fructuoso Rivera. Esto tiene que ver, en parte, con el funcionamiento mismo de las relaciones de poder en un sistema caudillista: un líder derrotado difícilmente podía seguir siendo reconocido como tal.

Frente al declive de Artigas, y previendo un futuro escenario post-Protectorado, el nuevo Comandante General consideró que la alternativa más viable para conservar la integridad misionera, y también para seguir manteniéndose en el poder, era un acercamiento al nuevo hombre fuerte del Litoral: Francisco Ramírez.

El mantenimiento de Siti en el poder y la conservación de la cohesión misionera fueron dos factores que quedaron claramente expuestos en el pacto que selló la alianza con Ramírez, al que Jorge Machón denominó “El Acuerdo del Mocoreta”, firmado a fines de junio de 1820. Se acordó que Misiones se encolumnaría tras Ramírez a cambio de que durante diez año no tuvieran que prestar servicios militares, a fin de poder reconstruir los pueblos devastados después de una década de conflictos casi continuos.

Siti, pese a las condiciones que consiguió acordar, no logró estabilizar su gobierno. La precaria cohesión lograda en los días de Andresito a partir de la construcción de un objetivo colectivo común, la recuperación territorial de los Pueblos Orientales y la recuperación de la prosperidad de los días de los jesuitas se convirtieron en quimeras inalcanzables. El objetivo del gobierno de Siti pasó a ser mucho menos pretensioso: mantener la existencia de Misiones como provincia.

Por Mgtr. Oscar Daniel Cantero, especial para MTH.