La insólita escuadra fluvial de Peter Campbell

Biografias

El capitán de la goleta observa, sus cabellos rojos entreverados por el viento, las patillas y el bigote rojos enmarañados por el polvo y el calor, el cuerpo enjuto pero de músculos firmes, el rostro quemado por el sol y la piel de sus labios resquebrajada, labios que gritan las últimas órdenes antes del ataque. Alrededor del jefe se amontonan excitados los hombres que protagonizarán el combate inminente. Es una tripulación variopinta que mezcla franceses con ingleses y criollos, aunque la mayoría, el corazón de la insólita escuadra fluvial de Pedro Campbell, son guaraníes de las Misiones.

Un irlandés en Corrientes

Peter Campbell había nacido a fines de siglo XVIII en Irlanda. Como tantos jóvenes de su época terminó alistado en las fuerzas armadas de la expansiva Gran Bretaña, cuyos intereses comerciales demandaban cada vez más la acción asociada con el poder militar. En los años iniciales del siglo XIX Inglaterra completó el dominio de los mares mediante la toma de los principales pasos oceánicos y el control de las vías de comunicación marítima. En ese contexto los británicos clavaron en sus mapas una bandera sobre el punto que señala el estuario del Río de la Plata, puerta de acceso a las riquezas de América del Sur.

En 1806, y luego de haber conquistado el Cabo de la Buena Esperanza en el extremo sur del continente africano, una poderosa escuadra inglesa se dirigió a Buenos Aires. La continuación y el desenlace de esta historia son conocidos: los habitantes de la capital virreinal, junto a los refuerzos reunidos por Santiago de Liniers en Montevideo, reconquistaron la ciudad el 12 de agosto. Cientos de prisioneros ingleses fueron internados en diversos puntos de la geografía virreinal. Entre los invasores se encontraba el sargento Campbell, remitido a Corrientes. Allí comenzó una nueva etapa de su vida, dedicado a trabajos de curtiembre y totalmente adaptado a la vida campera.

Cuando el estallido de la revolución impactó en aquella región, cuando comenzaron a expandirse las ideas de igualdad y libertad impulsadas por el radical federalismo artiguista, el marino Pedro Campbell no dudó en unirse al jefe de los orientales.

Capitán de río y guerra

Tres espacios institucionalizados disputaban el control de la estratégica vía de comunicación y comercio, el río Paraná. La provincia de Buenos Aires pretendía monopolizar el comercio a través de su puerto y la aduana; Paraguay, ya que era su única vía de comunicación con el mundo; la Liga de los Pueblos Libres de Artigas, que se adjudicaba la soberanía del río cuyas aguas bañaban las costas de Santa Fe, Entre Ríos, Corrientes y Misiones.

Con el propósito de custodiar el tráfico por el Paraná, la liga artiguista conformó una pequeña flota al mando de Campbell con modestas canoas a la que más tarde se incorporaron lanchas y luego naves de mayor envergadura cuya base de operaciones era la ciudad de Goya.

Para entonces, Campbell ya era todo un personaje mimetizado con el entorno gauchesco y bélico que lo rodeaba, si se acepta como cierta la descripción de su compatriota Juan Robertson, que lo conoció en Corrientes: “Hallándome una tarde bajo la galería de mi casa llegó hasta muy cerca de mi silla un hombre a caballo […]  vestía como los gauchos llevando además dos pistolas de caballería y un sable de herrumbrosa vaina, pendiendo de un sucio cinturón de cuero crudo. […] Llevaba un par de aros en las orejas y vestía gorra militar, poncho andrajoso y chaqueta azul con vueltas rojas muy gastadas; ostentaba también un gran cuchillo con vaina de cuero, botas de potro y espuelas de hierro de pulgada y media de diámetro”.

Cuando algún barco pretendía cruzar río arriba o río abajo, salía el capitán al frente de sus naves y lo atacaba al estilo de las montoneras en tierra. A bordo de embarcaciones de menor calado y mayor capacidad de maniobra, Campbell aparecía por sorpresa, abordaba con bravura y requisaba las naves que no cumplieran las leyes de la Liga. Si por alguna razón la resistencia resultaba difícil o imposible de quebrar, entonces simplemente se retiraba sin sufrir bajas considerables. Era, ni más ni menos, que la réplica acuática de las cargas de caballería de las montoneras litoraleñas.

El accionar de la escuadra federal se transformó en un serio problema para Buenos Aires, tanto que decidió formar su propia fuerza fluvial, puesta al mando del sargento mayor Ángel Hubac, de origen francés. De poco sirvió el empeño ya que Hubac solo podía operar entre Rosario, Santa Fe y la Bajada, la actual ciudad de Paraná. Más al norte carecía por completo de apoyo y se alejaba demasiado de su base de operaciones, por lo que Campbell siguió controlando la navegación en su zona de influencia.

La escuadra fantástica

Hacia 1818 el litoral era un extendido campo de batalla, la guerra civil un fenómeno generalizado, y la lucha a muerte una cruda realidad. La tensión entre el centralismo de Buenos Aires y el federalismo artiguista alcanzó en aquellos días picos de aguda intensidad, mucho más cuando se volvió evidente la complicidad entre el Director Supremo Juan Martín de Pueyrredón y el imperio del Brasil, que había invadido en reiteradas ocasiones la Banda Oriental y Misiones. En ese contexto irrumpió la más fantástica escuadra fluvial de nuestra historia.

La amenaza se cernía sobre Santa Fe, cercada por Buenos Aires, Córdoba, Entre Ríos y la escuadra de Hubac. En auxilio de Estanislao López partió la flota de Campbell, integrada por la goleta Itatí, el falucho Oriental, la sumaca La Correntina y una veintena de lanchas y canoas de fabricación indígena. Su tripulación, pero especialmente la tropa embarcada, era un nutrido contingente de guaraníes, gente de Andrés Guacurarí y Artigas, quien con su ejército ocupaba la ciudad de Corrientes. Además de aportar marinos Andresito remitió trescientos hombres de lucha al mando del sargento mayor Francisco Sití, que marchaban por tierra acompañando a las embarcaciones.

En diciembre de 1818 se produjo el primer combate entre Campbell y Hubac, que forzó al francés a levantar el bloqueo que pesaba sobre Santa Fe. El ejército del mariscal López, reforzado con los hombres de Sití, forzó a Juan Ramón Balcarce a replegarse hacia San Nicolás a la espera de su reemplazo, el general Juan José Viamonte.

El bautismo de fuego de la escuadra fantástica había resultado victorioso. Al mando de un irlandés agauchado y tripulada por marinos ingleses, franceses, criollos y guaraníes, la flota era la expresión viva de la igualdad entre los hombres. Los guaraníes, expertos canoeros largamente probados contra los Bandeirantes desde el combate de Mbororé, en 1641, se movían en sus barcazas como los peces bajo el agua. Aparecían, atacaban y desaparecían, todo en un  mismo instante de lucha fugaz.

Todo el poder contra Santa Fe

Campbell y Hubac convirtieron su acérrima enemistad en un clásico de las luchas navales fratricidas. Se vieron las caras varias veces durante 1819, pero hacia fines de año el litoral se preparaba para una de las batallas fluviales más sangrientas de la historia nacional. Federales y centralistas preparan sus embarcaciones, afilan los sables de desembarco y amontonan la pólvora en las santabárbaras. Al frente de su nave insignia —el bergantín Aranzazú— y en compañía del similar Belén y otras naves menores, Hubac se posicionó en la boca del Colastiné, unos kilómetros aguas abajo de Paraná. En su búsqueda salió Campbell con cinco faluchos armados y tripulados por indios guaycurúes y guaraníes. Ambas escuadras se encontraron el 26 de diciembre de 1819. El gaucho irlandés buscó sorprender al marino francés: con los faluchos rodeó al Aranzazú y al frente de sus indios se lanzó al abordaje, desatando de inmediato un encarnizado combate, cuerpo a cuerpo, a cuchillo, hachas, sables y lanzas.

Apenas recuperados de la sorpresa inicial, los porteños respondieron con el fuego de sus cañones de cubierta sobre los atacantes, a los que barrieron en forma espeluznante. Los cuerpos de los aborígenes fueron despedazados por los hierros lacerantes, los clavos y los proyectiles que lanzaron las bocas de fuego enemigas. Partes de brazos y piernas volaron por los aires, los ayes de dolor fueron tan intensos que taparon hasta el grito de guerra de los cañones. La sangre, roja y espesa, se desparramó por la cubierta para transformarla en una lúgubre pista resbaladiza.

La lucha fue sin cuartel y sin rangos. Los porteños no hicieron prisioneros: al que tomaban lo degollaban, tal el caso del segundo de Campbell, su coterráneo Guillermo Ollefrant, cuyo cadáver fue colgado de uno de los palos del Aranzazú. El gaucho irlandés perdió un centenar de hombres, en su mayoría guaycurúes y guaraníes, además de dos faluchos que quedaron en poder del enemigo. Campbell salvó su vida en forma milagrosa al tirarse al agua, con varias heridas, y escapar a nado.

Para la escuadra de Buenos Aires la situación no fue mucho mejor. Su barco insignia tenía las marcas de un feroz combate y su jefe, Hubac, había perdido una pierna. Mal herido entregó el mando y fue evacuado a la capital, donde moriría pocos días después y luego de la dolorosa amputación de su otra pierna. Además perdieron tres barcos, dos de ellos incendiados y otro capturado por los federales.

Aquel combate de la boca del Colastiné acabó con alrededor de ciento sesenta muertos en apenas diez minutos de lucha. Una muestra de lo encarnizado en que se habían transformado las guerras fratricidas, las batallas entre hermanos.

Fiel artiguista hasta el disparo final

Luego de la batalla de Cepeda, ocurrida el 1° de febrero de 1820, y de la firma del Pacto del Pilar por el cual se pretendió terminar el conflicto entre Buenos Aires y las provincias de Santa Fe y Entre Ríos, el bando federal se disgregó entre los gobernadores litoraleños por un lado —Estanislao López y Francisco Ramírez— y Artigas por el otro. Campbell decidió continuar leal al líder de los orientales, que para entonces ya había sido derrotado por los portugueses en Tacuarembó y emigrado de la Banda Oriental.

El gobernador bonaerense Manuel de Sarratea, viejo enemigo del artiguismo, no dudó un instante en ofrecer a Ramírez todo tipo de apoyo militar si se decidía a combatir a su antiguo referente. Al mando del capitán Manuel Monteverde, una flota integrada por el Belén, el Invencible y tres lanchones transportó armas y municiones para el gobernador de Entre Ríos, quien se adueñó de la escuadra para combatir a los restos de la flotilla del gaucho irlandés.

Con lo poco que le quedaba Campbell se replegó hacia el río Corrientes, a la espera del avance de Monteverde. El choque se produjo el 3 de agosto de 1820 en la desembocadura de aquel río. Una vez más el combate fue arduo y sangriento, pero el mayor poder de fuego de las fuerzas entrerrianas terminó por inclinar la balanza. Los artiguistas perdieron cuatro de sus naves, y por segunda vez Campbell debió escapar a nado. Amparado por sus paisanos pudo llegar hasta la ciudad de Corrientes donde esperaba encontrar protección, pero se equivocó: el artiguismo ya no existía, y aquellos que se mantuvieron leales al alicaído jefe oriental serían tratados como bandoleros.

El irlandés fue capturado y deportado al Paraguay, como un extranjero que hubiera atentado contra la patria. Quizá no sintió ni pena ni tristeza, tan solo la satisfacción de haber cumplido su deber de luchar por la igualdad y la libertad. Su destino final, al igual que sus campañas navales, lo unían al admirado líder e ideólogo de la doctrina por la que se había jugado el pellejo. Tanto Campbell como Artigas pasarían el resto de sus vidas en el Paraguay. Campbell murió en 1832, Artigas, en 1850, silenciados por una historia muchas veces injusta, una historia que solo cuando es contada comienza a reivindicar a sus héroes olvidados.

Fuente: Camogli, Pablo, Contame una historia, Aguilar, Buenos Aires, 2014.