La Posadas de antaño en la pluma de Balbino Brañas

Municipios

Dice Don Balbino Brañas en su Libro “Mi Tierra en el Recuerdo…

Semblanza ciudadana:

Niños éramos cuando conocimos a Posadas en sus primeros esfuerzos por ser ciudad. Su cuidada y florida plaza “9 de Julio” centro geográfico de la población en marcha, resumía el comienzo y fin de todas las actividades locales. La vida oficial, bancaria, comercial, Política, y social se desenvolvía a su alrededor y bajo el influjo, podríamos afirmar de la sombra bienhechora del monumento que ha señalado a las generaciones el rumbo victorioso de la libertad.

En esa plaza, “hacia la que conducían todos los caminos” se encontraba el pueblo entero los jueves y domingos a la tarde, cuando la banda del municipio realizaba sus largas tenidas musicales bajo la batuta de Francisco Bauza o Rafael Barbagallo.

Se inició en esa época el hábito de que las niñas dieran vuelta al paseo en un sentido y los varones lo hicieran en el opuesto (Vuelta al Perro) para encontrarse siempre, estudiarse y mirarse lánguidamente en una muda y platónica contemplación que podía y solía concluir en el altar. Pero se consideraba un verdadero atentado al pudor y recato femeninos el hecho de que algún caballero intentara acompañar a una dama sin conocerla mucho o gozar de su particular favor. Cuando esto ocurría la sociedad los consideraba “novios” y entonces el tácito compromiso quedaba sellado. No era fácil ver a nuestras niñas en patotas mixtas por la calle, y, menos aún deambulado sola con muchachos. Quien lo hiciera, perdería su reputación, dando lugar a comentarios que harían imposible su convivencia en el medio.

La plaza era a la vez algo así como un santuario social, y no se toleraba que los hombres concurrieran a ella sin saco o la camisa desabrochada. Unos desaprensivos porteños promovieron, con una actitud de este tipo, todo un escándalo de proporciones, que motivo primero la intervención policial y enseguida dio lugar a la aparición de una ordenanza en la que, con un enfático tono admonitorio, la comuna prohibía circular por sus paseos sin el atuendo sacramental.

Fue este mismo espíritu el que origino toda una larga cuestión al saberse que el hijo del Dr. Ricardo Sola, a quien apodábamos “Chuchili” había incurrido en la herejía de dar vuelta al Sagrado Lugar en una calurosa noche en calzoncillos. Esta insólita exhibición había sido incitada por una apuesta en la que el joven jacobino empeñaba su momentánea tranquilidad económica, y cuyo triunfo festejo en medio de aclamaciones, que turbaron la serena vigilia posadeña.

Los jóvenes hacían la “pasada” a pie o en coche, o se paraban largas horas en la esquina más próxima a la de la niña que pretendían, mirando fijamente hacia sus puertas y ventanas. Si la dulcinea mostraba su silueta en una de estas y devolvía las inquisidoras miradas entonces el idilio comenzaba; pero si la aparición no se producía en tiempo razonable, el galán abandonaba el acecho, para dejar pasar su tiempo en esquinas menos hostiles.

Toda la existencia ciudadana se desenvolvía en unas pocas manzanas encerradas entre las calles Entre Ríos, Junín, Belgrano y Rivadavia. Pocas casas, calles intransitables, ausencia de luz, pantanos y bosquecillos caracterizaban esos alrededores atrasados y desiertos. Hacia el sur, la Av. Mitre era el límite de la raleada y pobre edificación, pues en el palomar, (lugar entonces conocido por “CARRERIA DE BARTHE”) No existía más de una docena de ranchos diseminados en extensas chacras plagadas de gigantescos hormigueros. El mentado “camino al Zaiman” (hoy Av. Uruguay) no alineaba hasta “Villa Gutiérrez” (Hoy Villa Urquiza) más de dos o tres casas de comercio.

Por el norte y luego de franquear la avenida Roque Pérez, el rancherío ofrecía un deprimente aspecto hasta el lugar en que frente a Punta Gómez se levantaba el edificio de dos plantas de la Asistencia pública, donde había tenido su sede el famoso batallón de 12 de Línea. Si la zona este era igualmente paupérrima, en la del oeste el terreno podía cruzarse en todas las direcciones imaginables, ya que carecía de moradores o los tenía en una reducida proporción.

En las noches estivales, el cine al aire libre resultaba una diversión forzosa. Los más concurridos fueron los situados en Bolívar y Ayacucho, y San Martin esq. Colón. Sobre cuyos espacios hoy se yerguen los edificios del Correo y el Banco Hipotecario. Pero lo que siempre perturbaba el sueño de la gente joven eran las cabalgatas en las noches de luna, que generalmente tenía por meta la quinta de los Fragueiro.

Por Leo Duarte, especial para MTH.