La restauración de los muros de la iglesia de San Ignacio

Misiones Jesuiticas

¿Qué es restaurar? Según un diccionario[i] la palabra proviene del latín restaurare que quiere decir recuperar, recobrar, reparar, renovar o volver a poner una cosa en el estado que tenía. Es que en la idea de conservación aparece la problemática del paso del tiempo y en función de ello se hace necesario decidir, entre otras cosas, acerca de si se deben dejar o no las trazas de las épocas posteriores a la construcción del edificio.

El objeto de este artículo es proponer una postura basada centralmente en la documentación histórica como la conductora de las intervenciones.

Una carta del Padre Cura de San Ignacio Miní, el Padre Andrés Fernández[ii], al Padre Visitador Contucci del 25 de enero de 1763 le plantea algunas cuestiones, al que hacía las veces de Provincial, sobre el templo del Pueblo[iii].

“el otro punto es del Baptisterio. Vino el Hermano Antonio[iv], y habiendo visto la pared de la Iglesia resolvió que no era factible, sin algún peligro. Son piedras desiguales, puestas sin arte ni maestría y la piedra dura, como lo probó el Hermano con un pico,  y al romper la pared se ha de atormentar no sin riesgo. El único modo, que discurrió   el Hermano, era abrir la pared de arriba abajo; pero aun este le pareció arriesgado, pues los dientes o salidas de las piedras, que quedarían en la abertura, era necesario igualarlos cortando con la misma violencia, y es el mismo peligro y tormento para lo restante de la pared”.

 

Este documento aporta una información fundamental para cualquier tipo de intervención en la iglesia. Los muros, por su composición y construcción, apenas se soportaban a sí mismos.

El inestable estado del muro cualquiera podría haberlo intuido en la medida que este elemento arquitectónico, en la etapa arquitectónica de las misiones en que fue construído, era considerados como de simple cerramiento. El verdadero sistema estructural estaba conformado por pilares de madera que estaban insertos en una entrante dispuesta en el muro, pero que respondía a las solicitaciones en forma totalmente independiente del mismo.

De esta manera se puede afirmar que el constructor del templo de San Ignacio Miní, obra de principios del siglo XVIII y aun sin ejecutor determinado, pensó los muros como integrantes de una caja muraria y de ningún modo se preocupó por el funcionamiento independiente de cada tramo del mismo. Por eso mismo al Hermano Forcada, un constructor idóneo, le pareció una resolución temeraria hacer algún cambio sin pensar en agregar primero algún refuerzo importante en el adintelamiento para resolver la comunicación entre la Iglesia y el Baptisterio. El arquitecto aragonés estaba acostumbrado a cortar las piedras como si fueran grandes mampuestos.

Desde nuestro punto de vista el documento citado explica la contextura del muro y el funcionamiento de la caja muraria del templo cuando aun tenía techo. Las impresiones de un arquitecto de la importancia del Hermano Forcada, aunque transmitidas por el Cura del pueblo, dan por sentado que cualquier intervención sin tomar extremos cuidados para continuar la integridad de la caja muraria, iban a perjudicar la seguridad del edificio.

El templo de San Ignacio fue un tipo de construcción realizado por idóneos y no por los afamados arquitectos de la Compañía de Jesús. La inteligencia de algún sacerdote o de algún indio había posibilitado encontrar una manera de equilibrar las piedras de variados tamaños apelando al ñau como mezcla plástica acomodadora de los diferentes movimientos que podían tener las distintas partes estructurales. No había cal y resultaba imposible rigidizar la estructura. A consciencia de los autores todo se movía al ritmo de la naturaleza hasta que un tronco de árbol utilizado como pilar u horcón flaqueara, entonces se cambiaba por otro.

Por Dr. Norberto Levinton, especial para MTH

 

[i] Nuevo Diccionario Ilustrado de la Lengua Española, 1933:.802.

[ii] AGNA, Sala IX, 6-10-6. Compañía de Jesús.

[iii] El documento fue mencionado por el Arquitecto Onetto. Onetto, Carlos Luis. San Ignacio Miní, un testimonio que debe perdurar. Buenos Aires, Dirección Nacional de Arquitectura, 1999, pág. 68.

[iv] Hermano Coadjutor Arquitecto Antonio Forcada. Nació en Nuez del Ebro, Zaragoza, España; el 22 de marzo de 1701. Hasta 1744 trabajó en varias obras importantes de los jesuitas de Aragón como las iglesias de Calatayud, Alagón y Tarazona. En la Provincia del Paraguay hizo el proyecto para el Colegio de Montevideo, intervino en el Colegio de Santa Fe, en el Colegio Máximo y en las estancias de Alta Gracia, Jesús María y Santa Catalina de Córdoba, en el templo para el Colegio de Corrientes y en las Iglesias y Colegios de San Cosme y San Damián y Jesús del Tavarangue.  Falleció en San Ignacio Miní el 30 de junio de 1767. Allí descansan sus restos.