Los líderes guaraníes frente a la expulsión de los jesuitas

Misiones Jesuiticas

La orden de expulsión de la Compañía de Jesús del reino de España se materializó a través de la “Pragmática Sanción”, firmada por Carlos III el 2 de abril de 1767. La medida fue rápidamente aplicada por el gobernador de Buenos Aires Francisco de Paula Bucarelli y Ursúa en los numerosos colegios y residencias de la Orden comprendidos dentro de la jurisdicción que gobernaba, cuyos bienes materiales pasaban a manos del Estado.

Las Misiones eran una cuestión más delicada. Bucarelli temía que se produjeran manifestaciones de resistencia por parte de los indios en base al precedente reciente de la Guerra Guaranítica. Por ello, demoró más de un año en ejecutar la medida en esa jurisdicción y tomó, antes, medidas tendientes a neutralizar cualquier posible oposición. Por un lado, organizó un verdadero ejército de ocupación destinado a apresar a los jesuitas y reemplazarlos por sacerdotes de otras órdenes. Por otro, antes de avanzar hacia Misiones buscó el apoyo de los caciques guaraníes. Treinta corregidores y otros veintisiete caciques principales de todos los pueblos fueron convocados a Buenos Aires, a donde arribaron el 14 de septiembre de 1767. Allí fueron agasajados como visitantes ilustres. El gobernador no escatimó en halagos con tal de obtener el apoyo de los corregidores: el 4 de noviembre de 1767 participaron de una misa solemne celebrada por el propio Obispo de Buenos Aires, tras lo cual tomaron parte de un banquete de gala en su honor. Además, se les confirmó la denominación de “Don”, se les permitió mantener sus privilegios e incluso se les prometió algunos nuevos, como la posibilidad de que sus hijos pudieran ser sacerdotes. Bucarelli puso especial cuidado en dejarles en claro que a ellos les pertenecían los bienes de los pueblos, no a los jesuitas.

Poco después, los caciques firmaron de manera conjunta una carta en guaraní al Rey en la que agradecían por el nombramiento de los nuevos padres y al mismo tiempo expresaban su gratitud a Bucarelli. En ella manifestaban además que “aquellos yerros pasados, que cometimos, ya se acabaron para siempre; perdónenos por amor de Dios nuestro buen Rey”. Éste era, ni más ni menos, el objetivo central de Bucarelli y el fin último de todos los halagos dispensados: que los guaraníes manifestaran su sumisión y su compromiso de no rebelarse. Una vez conseguida esa garantía, se iniciaron los preparativos finales para hacer efectiva la expulsión de los Jesuitas de las Misiones.

Pese a obtener el apoyo de los corregidores, a Bucarelli le faltaba aún el aval de otro líder fundamental, que ya no ocupaba ese cargo: Nicolás Ñeenguiru. El propio cacique, al saber del avance del gobernador, se dirigió a su encuentro desde el pueblo de Trinidad, en el que se hallaba “exiliado”. Evidentemente, seguía siendo una personalidad influyente entre los guaraníes a pesar de ya no ocupar ningún cargo de autoridad, ya que, en una carta al conde de Aranda, el gobernador expresaba sorprendido que “traía criado que le tomaba el caballo, distinción que ninguno usaba, y lo que más noté que, cuando se desmontaba, hasta los mismos caciques le tenían el estribo y le trataban con atenta veneración”.

El mismo Bucarelli trató de halagar a Ñeenguiru, pero a la vez, de mantenerlo alejado del escenario de las Misiones durante el delicado proceso de expulsión de los padres. Para ello, le regaló ropas y dispuso su traslado a Buenos Aires junto a su familia. Esto implicaba alejarse de las Misiones y, por lo tanto, de sus subalternos con lo que la esencia de su liderazgo quedaba anulada. El cacique fue mantenido en una jaula de oro, solventando sus gastos personales con los “fondos de las Misiones”, aunque nunca pudo deshacerse del todo del fantasma de la vieja rebelión. En 1770 fue llamado nuevamente a prestar declaración sobre el asunto, aunque finalmente no recibió condena alguna. Nunca retornó a su tierra, y es probable que haya fallecido poco después en Buenos Aires.

Una vez convencido de que no habría resistencia entre los caciques, Bucarelli avanzó a través de los pueblos a partir de julio de 1768, tomando posesión efectiva de cada uno de ellos, al tiempo que se realizaba un pormenorizado inventario de los bienes existentes, que pasaban a manos del Estado. Al mismo tiempo, iban asumiendo los nuevos sacerdotes y los flamantes administradores españoles. No solo no hubo resistencia sino que en la mayoría de las reducciones los españoles fueron recibidos con desfiles, fiestas y agasajos.

Cabe preguntarse por qué los guaraníes se prestaron al juego de Bucarelli. Una respuesta simple sería que la estrategia de halagos y seducción en seis meses de agasajos fueron efectivas, y los guaraníes fueron convencidos. Esta lectura condice con una imagen fuertemente arraigada que considera a los indígenas como sujetos pasivos, sin poder real de decisión, e incluso, con la antigua concepción de la modernidad de que eran adultos incompletos, personas ingenuas y siempre fáciles de engañar cual si fueran niños. Parece más probable que los caciques, haciendo una lectura precisa del contexto político, consideraron que era conveniente a fin de mantener su propia autoridad en las comunidades, encolumnarse detrás de Bucarelli.

La expulsión dio la oportunidad a los líderes guaraníes de desplegar sus capacidades de acomodación a los cambios políticos externos logrando mantener sus privilegios y la cohesión interna de sus comunidades, que en última instancia, era lo más importante para ellos. La oferta brindaba la oportunidad de restaurar la alianza de los líderes con la Corona, ya sin la mediación de los jesuitas.

Por Mgtr. Oscar Daniel Cantero, especial para MTH.