Nicolás Ñeenguiru y Sepé Tiarayu, líderes guaraníes de la Guerra Guaranítica

Guaraní

Durante la Guerra Guaranítica, con la influencia de los jesuitas reducida al ámbito espiritual, se produjo un complejo proceso de redefinición del poder entre los líderes guaraníes. Algunos caciques tradicionales lograron adaptarse al cambio, mientras otros fueron desplazados por actores sociales cuyo acceso al poder había estado obstruido hasta entonces. Un cacique podía adquirir repentinamente influencia en diferentes pueblos para, al poco tiempo, perder bases de sustentación de manera igualmente veloz. Las fluctuaciones entre el apoyo y el rechazo en cada ámbito local eran permanentes, lo cual, a su vez, podía generar cambios de liderazgo significativos. Cabildantes y corregidores podían ser violentamente desplazados por nuevos referentes, llegados al poder por aclamación y haciendo uso de los antiguos métodos guaraníes: valentía, elocuencia, generosidad y capacidad de convencimiento fueron las claves de la construcción de nuevos liderazgos. Pese a que los liderazgos eran inseguros y cambiantes, se pueden identificar dos referentes guaraníes claros en la rebelión: Nicolás Ñeenguiru y José “Sepé” Tiarayu.

Nicolás Ñeenguiru era cacique principal y corregidor de Concepción. No fue, por lo tanto un líder nuevo, sino uno tradicional que supo adaptarse a los cambios producidos, consolidando con ello su posición. Su influencia emanaba de sus dotes de mando y su capacidad de mediación (desplegada en diferentes oportunidades), pero sobre todo al hecho de pertenecer a una de las familias de caciques más prestigiosas de la región: tenía el mismo nombre y era descendiente del Nicolás Ñeenguiru que había colaborado con Roque Gonzlález y había participado de la batalla de Mborore un siglo antes. También se sabe de otro Ñeenguiru que fue sargento mayor en una de las campañas contra Colonia del Sacramento en 1704. La presencia de este cacique fue fundamental para conquistar lealtades y mantener la cohesión, y, de hecho, fue convocado en diferentes momentos en lugares muy distantes entre sí para resolver los numerosos diferendos entre los caciques sublevados. Esto demuestra no solo el prestigio y la influencia de este “cacique principal”, sino también los constantes problemas en la segunda línea de mando.

La noticia del prestigio y el accionar de Ñeenguiru llegó a Europa distorsionada y exagerada. Su figura fue hábilmente utilizada por los detractores de los jesuitas para desprestigiarlos. Numerosos panfletos, en los años siguientes, hablarían del imperio jesuítico de las selvas, en el que los padres habrían coronado a  Nicolás I como rey de un estado ya totalmente fuera del control de España.

El caso del otro gran líder de la rebelión, Sepé Tiarayu, era totalmente diferente. Era originario de San Miguel y, a diferencia de Ñeenguiru, no era Corregidor ni pertenecía a un linaje de grandes caciques. La mayoría de los integrantes del Cabildo de San Miguel estaba en contra de la rebelión, por lo que fue desbordado por la voluntad del grueso de la población que los destituyó y eligió a través de multitudinarias asambleas a nuevos dirigentes, entre los cuales se destacó Tiarayu, quien hasta ese momento era Alférez Real.

Tras el inicio de las hostilidades en 1754 se produjeron diversas incursiones de portugueses en la frontera robando ganado, al tiempo que los guaraníes, sobre todo los de San Miguel y San Luis, los más afectados por los saqueos, comenzaron a atacar algunos establecimientos y fuertes lusitanos fronterizos en las cercanías del Río Pardo. En uno de esos ataques murió el comandante de San Lorenzo, Alejandro Mbaruari. A partir de ese momento, Tiarayu pasó a ser el principal referente oriental de la rebelión, asumiendo el poder de manera casi natural a partir de su carisma. Eventualmente pasó a ser corregidor no por decisión de los jesuitas, sino por determinación de los guaraníes sublevados. Frente al liderazgo hereditario y tradicional de Ñeenguirú, el suyo tenía un carácter más popular y, por ello mismo, era mucho más peligroso para el orden colonial.

La falta de un liderazgo claro y definido jugó en contra del éxito de la confederación rebelde. Tiarayú era claramente el líder militar más idóneo, desplegando estrategias adecuadas a los medios de los que disponía y usando a su favor el conocimiento del terreno. Era el dirigente indiscutido de los miguelistas, los más aguerridos y numerosos entre los rebeldes, pero su autoridad no era plenamente reconocida más allá de su pueblo de origen. De hecho, fue un claro factor de conflicto interno. En su diario el padre Tadeo Henis refiere que “las compañías de tres pueblos altercaban que solo los miguelistas habían llegado a hablar con los portugueses; que solo ellos tenían conferencias entre sí”.

Pese a esos problemas internos, la resistencia guaraní pudo soportar en 1754 el primer embate del ejército español por el sur y del portugués por el norte. Luego de un año de preparativos, a comienzos de 1756 se dio un segundo ataque, esta vez de ambos ejércitos de manera conjunta. Los guaraníes nuevamente llevaron adelante una estrategia de guerra defensiva a través de ataques rápidos de pequeñas partidas y veloces retiradas con el fin de desgastar al enemigo. Pero en uno de esos embates resultó muerto Sepé Tiarayu. Bajo la dirección única de Ñeenguiru, las fuerzas restantes optaron por aguardar al enemigo en Caibate. El resultado fue una masacre: más de mil guaraníes quedaron muertos en el campo de batalla aquel fatídico 10 de febrero de 1756.

En las semanas siguientes, los rebeldes fueron presentando su rendición. Recibieron un trato cordial, y no hubieron castigos ejemplares. El propio Ñeenguiru logró mantener su posición, luego de rendirse y jurar fidelidad.

Es notable cómo el camino que siguieron ambos líderes en la memoria colectiva fue dispar. Ñeenguiru se adaptó a los cambios y logró seguir siendo un líder destacado, pero la memoria popular lo condenó al olvido. En su pueblo nativo, Concepción, no hay rastro suyo en los nombres de calles ni hay monumentos que lo recuerden. Si su nombre se conoce, es solo por su famoso ancestro. Tiarayu, en cambio, es considerado un héroe local en San Miguel y los antiguos pueblos orientales, hoy en territorio del estado brasileño de Rio Grande do Sul. Sepé es el centro de una construcción simbólica equivalente a la de Andresito en Misiones, hay canciones, monumentos y obras tanto literarias como históricas centradas en él, y se lo relaciona con un lema que es para los gaúchos un símbolo de identidad: “Co yvy oguereco yara” (Esta tierra tiene dueño).

Por Mgtr. Oscar Daniel Cantero, especial para MTH.