Tensiones entre guaraníes y jesuitas durante la Guerra Guaranítica

Guaraní

El éxito de las Misiones Jesuíticas se basó en gran medida en dos alianzas establecidas por la Compañía de Jesús a comienzos del siglo XVII: por un lado con la Corona Española, que le dio a las Misiones una serie de privilegios a cambio de que actuaran como valla de contención frente al avance portugués; por otro, los padres establecieron un entendimiento con los guaraníes, especialmente con los caciques, que aceptaron reducirse y convertirse al cristianismo a cambio de seguir siendo los líderes de unas comunidades que mantuvieron su integridad y construyeron una nueva identidad.

Tras la firma del Tratado de Permuta, ambas alianzas entraron en tensión. Los jesuitas perdieron poco a poco su influencia en la corte, y se generó un ambiente progresivamente antijesuítico que terminaría años después con la expulsión de la orden. En las Misiones, por otra parte, la creciente resistencia guaraní puso a los Jesuitas en una situación delicada frente a los indígenas. Los padres, obligados por sus superiores, se vieron forzados a presionar a las comunidades a acatar un Tratado con el que ellos tampoco estaban de acuerdo. Apremiados por la situación, llegaron incluso a amenazar a algunos miembros de los cabildos con quitarles las varas y bastones de mando, lo cual implicaba deponerlos de sus cargos. Un cacique principal llegó a afirmar que “no necesitaba de vara y semejantes disparates”. Este episodio refleja la profundidad de la ruptura: el hecho de rechazar la vara no es un dato menor, pues el bastón de mando simbolizaba el poder de los caciques como funcionarios de la Corona, pero también el sometimiento al orden colonial. Rechazarlo, por lo tanto, implicaba por lo menos una interrupción y una demanda de renegociación de dicha subordinación.

Pese al evidente distanciamiento entre guaraníes y jesuitas, se pueden distinguir numerosos matices. Prácticamente todos los curas estaban en contra de la entrega de los pueblos, pero no estaban de acuerdo con la sublevación porque consideraban que eso agravaría aún más la situación. La actitud que asumieron no fue unánime. Así como algunos misioneros jesuitas buscaron hacer acatar el Tratado, muchos otros tenían simpatías con la sublevación, y algunos, incluso, fueron acusados de ser partícipes de la misma, como Tadeo Henis o Miguel de Soto, cuyo vínculo con los líderes rebeldes excedían lo meramente político hasta llegar a ser un vínculo de amistad.

Se visualizan entonces no solo conflictos entre indígenas y jesuitas, sino entre los propios guaraníes, que se dividieron en sectores radicalizados y moderados, e incluso entre los propios padres: los roces eran evidentes entre las altas jerarquías de la Compañía, que presionaban constantemente por el cumplimiento de la mudanza, y los curas misioneros, lo cual puso en tensión el verticalismo y el tan mentado voto de obediencia de la orden.

En los pueblos orientales evidentemente, se habían roto los vínculos de fidelidad, y los jesuitas ya no podían controlar a los líderes indígenas. Es más, los caciques que seguían apoyando a los padres corrían peligro de ser atacados por sus propios subalternos. El padre Bernardo de Nusodorffer, testigo presencial de los acontecimientos, refirió en su “Relación sobre la mudanza de los siete pueblos” el caso de un Corregidor a quien su propio hijo le disparó un flechazo por apoyar la mudanza, fallando el tiro. En San Miguel la situación llegó a ser sumamente tensa entre los propios guaraníes: tras reunirse en asambleas, los pobladores se dirigieron, según palabras de Nusdorffer, “con armas a la casa del Corregidor y le sacaron de su casa, queriéndole matar por haberlos vendido, dándole de palos, y a empellones lo echaron en tierra y le dieron un flechazo y una herida en la cabeza”, tras lo cual obligaron al Cura a nombrar a otro Corregidor, al tiempo que otros funcionarios eran encarcelados.

Irónicamente, los líderes guaraníes plantearon a nivel local y de hecho la misma estrategia política que la Corona a nivel imperial: limitar el poder político de la Iglesia. Una incipiente política de separación entre Iglesia y Estado, utilizando un vocabulario actual. El control sutil que ejercían los padres sobre la política y la administración de los pueblos quedó bruscamente interrumpido. Los guaraníes sublevados, aun respetando la figura de los padres, cuya presencia defendían y requerían, les quitaron sus atribuciones no espirituales. Nuevamente debemos a Nusdorffer un claro reflejo de esta situación: “quitaron el gobierno temporal a los Padres y tenían en sus manos las llaves de los almacenes y hasta los libros en que se suelen apuntar las arrobas de hilo que llevan los tejedores para hacer el lienzo; sacaron el lienzo del almacén y lo dividieron y aun lo que trajo la balsa de Buenos Aires, sin que ninguno les pudiese ir a la mano, los padres cuidaban sólo de lo espiritual”. En Yapeyú se produjo un hecho que resulta una clara metáfora de lo que estaba sucediendo: los indios rebelados le entregaron al cura Antonio Estellez una cruz diciéndole: “De esta Cruz en adelante cuidaréis y nosotros cuidaremos de lo demás”.

Por Mgtr. Oscar Daniel Cantero, especial para MTH.