Voces indígenas en la Guerra Guaranítica

Misiones Jesuiticas

La adopción de elementos culturales europeos por parte de los indígenas y su utilización resignificada en el marco de una nueva cultura híbrida fue una constante en el mundo colonial hispano. Incluso en las Misiones, donde la presencia física de los españoles fue controlada y minimizada por la Compañía de Jesús. Un ejemplo claro de ello es la difusión de la escritura en lengua guaraní. Durante la Guerra Guaranítica este elemento cultural claramente europeo se convirtió en manos de los indígenas en una herramienta fundamental de resistencia.

En enero de 1750 las coronas de España y Portugal firmaron el Tratado de Madrid, que buscaba estabilizar las fronteras americanas. Para lograr el dominio pleno del Río de la Plata, la corona española decidió “permutar” Colonia del Sacramento por un extenso territorio ubicado al norte del río Ibicuy y al este del Uruguay, que incluía siete de las treinta misiones jesuíticas y una población cercana a los 30.000 habitantes. Aunque inicialmente los guaraníes afectados aceptaron el traslado, pronto comenzaron los problemas. Con el correr de los meses el malestar se convirtió en resistencia, y la resistencia en una rebelión de grandes proporciones. Las partidas que debían fijar los límites fueron detenidas por un contingente proveniente de San Miguel en el puesto fronterizo de Santa Tecla, con lo cual quedó claro que los guaraníes no permitirían que se concretara la permuta sin defender sus tierras.

Inmediatamente después del incidente de Santa Tecla, los caciques de las Misiones orientales (salvo San Borja) y de Concepción enviaron cartas en guaraní al gobernador de Buenos Aires, José de Andonaegui, explicando las causas de su negativa a trasladar los pueblos. La intención era, en última instancia, que el gobernador intercediera ante el Rey para que cambiara su posición. Las cartas son claras y elocuentes, con una lógica tan contundente que las autoridades pensaron inmediatamente que sus verdaderos autores no eran los firmantes, sino los jesuitas que manejaban como marionetas a los guaraníes. Esa postura fue compartida también por una parte importante de la historiografía que encaró el tema, especialmente la antijesuítica. Hoy sin embargo, hay consenso en creer que estos documentos reflejan la voz genuina de los líderes sublevados, tal como se puede constatar en obras recientes de Bárbara Ganson, Guillermo Wilde y Lia Quarleri. Las cartas combinan tanto elementos ideológicos europeos como otros típicamente guaraníticos.

Entre las influencias ideológicas europeas, emanadas del Derecho Natural aprendido de los jesuitas, se parte del presupuesto de que las leyes eran válidas sólo cuando eran justas. El argumento central era tan simple como contundente: los guaraníes se autodefinen como fieles vasallos del Rey. Pero Dios está por encima de todo lo creado, incluyendo a las testas coronadas. Por lo tanto, el rey no podía despojar  a los guaraníes de tierras que les fueron entregadas por Dios. En las Misiones, por otra parte, no era aplicable el derecho de conquista: los guaraníes no habían sido derrotados por la fuerza de las armas, sino que habían pactado su reducción con los jesuitas. Por lo tanto, pese a su condición de vasallos, el rey no podía exigirles que abandonaran sus tierras. Existía un pacto que debía ser respetado por ambas partes. Los indios cumplieron la suya en numerosas ocasiones, sobre todo prestando servicios militares contra los portugueses en diversas campañas. El monarca, como contrapartida, debía hacer su parte protegiéndolos y no entregándole las tierras al enemigo.

El orden cristiano fue interpelado en sus propios términos: ¿por qué los santos patronos habría permitido construir pueblos en piedra y erigir portentosas iglesias para luego pedirles que los abandonaran? ¿Por qué el Rey exigía que se abandonaran los pueblos que el mismo Dios les dio a los indios?

Por su parte, entre los elementos claramente guaraníes presentes en las cartas, Guillermo Wilde identifica dos como los fundamentales: las ideas de “ser” (teko) y de “venganza”.

El teko de las cartas no es el tradicional de los guaraníes no reducidos, sino un nuevo teko misional, que toma como momento fundacional la prédica de Roque González. Esta tuvo si hito inicial en Concepción, que siguió siendo una suerte de capital simbólica para los rebeldes, lo cual sirvió para ubicar a su corregidor, Nicolás Ñeenguirú, como uno de los principales líderes de la revuelta. El teko misional, entendido como un ser cristiano, sólo es posible en el lugar específico designado por Dios para poder llegar a la plenitud existencial. No se podía sacar al guaraní de sus pueblos porque sería ir en contra de los designios divinos.

En cuanto a la venganza, se encuentra claramente relacionada con la idea de reciprocidad negativa: hacerle daño a quien nos hizo daño en el pasado. El objeto de venganza eran claramente los portugueses, por lo que insistentemente se sostenía la necesidad de abrir los ojos del rey para que se diera cuenta de que la rebelión en realidad beneficiaba a España, porque significaría la conservación de sus territorios.

Más allá de la fuerza que pudieran tener los razonamientos, los pedidos de los guaraníes no fueron oídos. En tiempos en que el regalismo y la autoridad de la corona buscaban imponerse de manera contundente a todos los súbditos, y aún a la Iglesia, que el rey cambiara de parecer sería visto como una muestra de debilidad. La cuestión se resolvió por la fuerza. Los gobiernos de Buenos Aires y Río de Janeiro debieron actuar de manera combinada para poder sofocar la rebelión, con un saldo de miles de muertos, casi todos indígenas. El orden colonial mostró una vez más su cara más brutal.

Por Mgtr. Oscar Daniel Cantero, especial para MTH.